Durante la Semana Santa, la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum atravesó momentos turbulentos marcados por dos acontecimientos que expusieron tensiones entre la narrativa oficial y la realidad observable. La publicación de un análisis de The Economist cuestionó el desempeño económico nacional, mientras que simultáneamente un informe de la ONU documentó la crisis de desapariciones forzadas en el país. Frente a ambas críticas, el gobierno respondió con enfrentamiento y refutación sistemática. Los indicadores económicos revelan una situación preocupante independientemente de las declaraciones defensivas. La confianza empresarial medida por el INEGI mantiene trece meses consecutivos bajo el umbral de cincuenta puntos, con veintitrés meses de descensos ininterrumpidos. La inversión fija bruta, fundamental para la capacidad productiva nacional, registró contracciones de 1.08% mensual y 2.18% anual en enero. En materia de derechos humanos, los números resultan aún más alarmantes: más de 132,000 personas desaparecidas y tasas de impunidad cercanas al 99%. Estas cifras reflejan una realidad que la novela Raíz que no desaparece de Alma Delia Murillo documenta con crudeza, narrando el dolor colectivo de familias enfrentadas a desapariciones forzadas. El patrón de negación se extiende a la política exterior. El excanciller Bernardo Sepúlveda observó recientemente que México se encuentra aislado del sistema internacional por decisión deliberada, enfocándose el diálogo con gobiernos ideológicamente cercanos, como evidencia el encuentro bilateral entre Sheinbaum e Iván Cepeda, candidato presidencial colombiano. Respecto al cambio en la Secretaría de Relaciones Exteriores, el nombramiento del nuevo canciller representa un cambio dentro de continuidades. Su antecesor, coordinador de la transición presidencial, fue calificado como uno de los elementos más grises e inefectivos del gabinete, por debajo de las expectativas generadas por su trayectoria previa.
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