La doctora María Elena Bottazzi, investigadora hondureña y codirectora del Centro para el Desarrollo de Vacunas del Texas Children’s Hospital en Houston, ha sido nominada al Premio Nobel de la Paz por su contribución en el desarrollo de Corbevax, una vacuna contra el Covid-19 sin restricciones de patentes. Su trabajo representa un cambio radical en la industria biotecnológica, donde tradicionalmente prevalecen los modelos de exclusividad y lucro. En conversación con El Economista, Bottazzi explica cómo la Ciencia Abierta u Open Science constituye no solo una respuesta ética frente a crisis sanitarias, sino la única estrategia viable para que Latinoamérica supere su rol pasivo en emergencias globales y adquiera protagonismo en su propio desarrollo sanitario. El laboratorio de Bottazzi en el Baylor College of Medicine adoptó una práctica radicalmente transparente durante la pandemia: publicar hallazgos en plataformas de pre-prints previo a la revisión por pares, compartiendo incluso resultados negativos. Esta decisión permitió que otros investigadores evitaran duplicar esfuerzos y cometieran los mismos errores. Paradójicamente, este enfoque colaborativo surgió de su trayectoria investigando enfermedades tropicales olvidadas, donde la falta de interés comercial obligó a desarrollar modelos de cooperación científica. Bottazzi advierte que durante décadas la región latinoamericana se conformó con trabajos de manufactura contratada para terceros, como ocurrió con la asociación México-Argentina con AstraZeneca. No obstante, identifica transformaciones prometedoras en varios países: en México observa el potencial de Birmex y la colaboración entre organismos académicos como el Instituto de Biotecnología en Cuernavaca con empresas como Liomont y Probiomet. Colombia avanza con su planta Baxtera y Panamá con su centro de investigación y desarrollo en la Ciudad del Saber, demostrando que la región comienza a gestar una innovación verdaderamente propia.
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